Sinopsis de la historia que comienza a suceder


Publicado el 6 de diciembre de 2015 por Gabriela Torres Olivares en Ficción.

Sinopsis de la historia que comienza a suceder
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Una empresa traficante de placenta es descubierta por los habitantes de una población suburbana tras un accidente automovilístico. La volcadura sucede a media mañana en una carretera poco transitada. Acorde a las dinámicas del lugar, la noticia tarda unos minutos en diseminarse entre los pobladores que salen a toda prisa cargando huacales, vasijas, bolsas de plástico, redes y cubetas. Dadas las circunstancias de pobreza, es común que la tragedia ajena transmigre en provechosa posibilidad.

El espectador, desde su situación privilegiada, piensa en la horrorosa sorpresa que se llevarán los personajes al encontrarse con veinticinco fetos femeninos desperdigados sobre la hierba. Sin embargo, la sorpresa cambiará de receptor cuando algunos de los habitantes coloquen los cuerpecitos dentro de sus bandejas y huyan sonrientes a toda velocidad, sopesando, durante el camino de regreso a casa, los kilos de carne de bebé. Pero no todos. No todas las bebés son recogidas por el resto de los personajes cuyos intereses radican, principalmente, en el desmantelamiento de la camioneta. Algunos trabajan en equipo, en familia desarman rápidamente un asiento, jalonean sincronizadamente el cofre a la cuenta de tres, los espejos, las puertas, farolas, batería, hasta que el doppler de una sirena a lo lejos, mágicamente los desaparece en un stop trick.

Ante los vestigios del accidente (el esqueleto de camioneta y la mitad de las bebés) un policía anota el hallazgo en su libreta. La pantalla se bifurca y entonces, simultáneamente, vemos a un hombre que con parsimonia pica perejil salvaje. El policía acordona el área: el hombre termina de picar. El policía da parte a la estación: el hombre, ayudado por la espalda del cuchillo, rasca la madera de la tabla para amontonar el perejil. Comienza a desplegarse un operativo de patrullas: añade el perejil a la olla sobre el anafre para anisar la carne mientras el agua hierve.

Cuando el incidente de la volcadura aparezca en el noticiario nocturno, el espectador se enterará concretamente de lo que hasta ahora sólo ha intuido, es decir, el furtivo trasiego de bebés congeladas. El argumento medular es la ilegitimidad de la empresa, sin esclarecer las actividades de la misma: no se proponen nuevos hallazgos ni se informa si las autoridades han avanzado en sus investigaciones. Se especula alrededor de la noticia, alrededor de esas imágenes que el espectador ha tenido oportunidad de visualizar al comienzo de la película. En el elíptico manejo de la información queda implícito que todas las desgracias históricas de la nación han encontrado su causa en el efecto alegórico que representa esta volcadura. Al tiempo en que la información de las escenas es interpretada cognitivamente por el espectador, un espectador-personaje aparece al centro de una cocina y, conforme escucha la noticia, reduce la velocidad con que embadurna mayonesa sobre un pan, fijando, progresivamente, su atención en la pantalla.

El personaje-espectador no es otro que el célebre y retirado reportero Pedro Martínez. Un extestigo de jehová cuyo trabajo periodístico adquirió notoriedad tras la realización de una serie de reportajes sobre el negocio de trasfusión de sangre y trasplante de órganos en el mercado negro. La popularidad de Martínez fue en declive cuando en sus siguientes reportajes decidió investigar los efectos ontológicos de trasplantes y cirugías reconstructivas practicadas de forma ilegal. Su tesis se basaba en el caso de un hombre al que presuntamente le fue trasplantado el brazo de un asesino. La progresiva falta de credibilidad en sus siguientes entregas fue cancelando la información de sus previas investigaciones cuando los lectores calificaron su trabajo de poco serio y el periódico cesó su contrato; aunque casi de inmediato encontró en la televisión la posibilidad de culminar sus investigaciones en una plataforma más mediática. Pero poco a poco también el público se fue cansando de los reportajes que, a petición del productor, se fueron tornando más cómicos por absurdos.

Para contextualizar al espectador sobre la importancia que tendrá Pedro Martínez en la historia, dentro de la película se reproduce, a manera de antecedente, el tráiler de la investigación que dio pie a su tesis sobre los efectos ontológicos de los trasplantes y cirugías practicados ilegalmente. En la forma de reportaje documental, puede verse a un hombre de rostro pixeleado que a intervalos resume lo más destacado de su historia, o de la historia que Pedro quiso contar. Que tras un accidente con explosivos (nunca se hace mención de porqué o qué llevó al hombre a estar explotando cohetes de alto impacto en un campo de tiro ilegal), fue llevado por un amigo a donde él (el hombre) pensaba que era un hospital. En el camino, su amigo le hizo una serie de preguntas y el hombre, dolorido y con el brazo destrozado, no hizo más que responder que sí a todas (intuimos que las preguntas tenían que ver con el trasplante y su disponibilidad para costearlo). En la siguiente escena del tráiler, extiende los brazos y vemos la diferencia de longitud y grosor entre ambas extremidades, además de la coloración de piel y la felpa de cabello oscuro que le recubre un antebrazo pero no el otro. Luego, como sospechosa prueba al estigma de la criminalidad del brazo, se hace close-up a un tatuaje descuidado (grafito-verdoso) con el nombre de Liliana. Liliana es lo único que el hombre sabe de su ahora brazo. Lo siguiente es un intertítulo con la pregunta: ¿Por qué es importante saber los antecedentes de las extremidades que nos serán trasplantadas? E inmediatamente, como respuesta a su misma pregunta, una cita de Fredric Jameson que sentencia: los recuerdos son, en primer lugar, recuerdos de los sentidos y son los sentidos los que recuerdan y no la persona o la entidad. Aparece de nuevo el hombre, esta vez con closed caption porque su voz ha adquirido un tono pastoso, dramático, de temblor en las palabras. Dice (y leemos) que desde el trasplante ha experimentado los recuerdos del brazo y son como si estuviera soñando despierto; que no sólo son recuerdos sino también ideas, intenciones, necesidades, deseos que él jamás habría tenido. Escuchamos la voz de Martínez que le increpa el contenido de estas nuevas sensaciones. El hombre responde lacónico: pues me dan ganas como de matar. Entonces, Martínez sugiere, que tal vez el brazo, en el pasado, correspondió a un asesino. Y el hombre conjetura: yo creo que sí. El tráiler concluye con un frenético sonido de violines que un amigo del reportero compuso para personalizar las cápsulas.

En la cocina, Martínez abandona el pan con mayonesa para buscar pluma y papel y escribir los datos del accidente. Piensa en la inconmensurable posibilidad de redimir su nombre, de continuar con su investigación y llevarla a otro nivel. Especulamos estas pretensiones al verlo dirigirse hacia una pila de libros de filosofía y religión, hojearlos rápidamente, sacudirlos incluso, para obtener los recortes de periódico que en los últimos años ha coleccionado como separadores de libros. No, no son reportajes de su autoría, sino aleatorias investigaciones científicas en torno a las causalidades de los trasplantes en diversas partes del mundo. Un específico encabezado es enfocado por la cámara: “Experimentos partenogenéticos buscan suplir la necesidad del trasplante”. A continuación, sucede una escena matutina en donde tenemos oportunidad de advertir que Pedro Martínez no ha dormido en toda la noche, la misma vestimenta, los libros revueltos sobre la mesa y la taza de café son elementos que nos lo informan sin necesidad de haberlo presenciado. Pero durante la noche ha llegado a una conclusión: trasladarse a la población del accidente encubierto como misionero de los testigos de jehová. Y nos enteramos de esto cuando en la siguiente escena remoja un peine en el lavabo y se lo lleva a la cabeza y con la punta dibuja una línea sobre el cabello y la cámara captura un portafolio, panfletos religiosos y el nuevo testamento que colocó encima del mueble del baño.

A la llegada de Martínez, notamos los cambios en la rutina de una comunidad que ha salido abruptamente del anonimato. Y que, consciente de que esto no durará salvo días, ha decidido sacar de ello el mayor provecho. Niños que van y vienen con vasos de café aguado, burritos de frijol con queso envueltos en papel estrasa, señores que a cambio de cigarros se ofrecen como guías de enviados especiales que cubrirán la nota, un vendedor de croquis hechos a mano que entre sus trazos presume diversos puntos en donde posiblemente puede ocultarse la ilegal empresa; improvisados tenderetes de agua embotellada, jicama con chile en polvo, tacos de fideo, galletas y dulces oreados; baños públicos o cuartos para pasar la noche que la gente ha acondicionado a merced de la carencia. Aún no es mediodía y ya el aire caliente entibia los pulmones; en asmáticos intervalos le recuerda al cuerpo de su finitud, la respiración no alivia pero mantiene con pulso. Antes del accidente monopolizaba conversaciones el tema del calor. El sol era el núcleo desde donde se efectuaban circunstancias de la vida, como un mapa conceptual para entender las desgracias, el sol, en sus distintas posiciones –una rueda medieval de la fortuna- era el dios de los tópicos y su majestuosidad encarnaba en heridas supurantes (microescenarios de infecciosas puestas en escena) que no cicatrizan, estigmas de un dios arrogante que pardea colores, resquebraja superficies y termina sublimando cualquier rastro de humedad.

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Gaby Torres OlivaresGabriela Torres Olivares Monterrey, Nuevo León, 1982. Ha publicado los libros de cuentos Están muertos (2003), Incompletario (2007) y Enfermario (2010), este último será publicado en inglés en la editorial Les Figues Press. Textos de su autoría han sido publicados en inglés y español en Estados Unidos y México; su práctica literaria sucede también en la interdisciplina, transversalmente, desde las artes visuales y la cinematografía. Actualmente vive en la región conocida como SoCal.