Canaima


Publicado el 5 de septiembre de 2017 por Iván Medina Castro en Ficción, Narrativa.

Canaima
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A la sifrina María Celina Santos

 

Un hombre muere en mí siempre

que un hombre muere en cualquier

lugar, asesinado por el miedo y

la prisa de otros hombres.

Jaime Torres Bodet

Madre cavó en tres momentos su tumba y a nada pueden compararse aquellas fosas alineadas con la aridez. Ella no se encuentra debajo de ninguna de esas cruces acertadas en el corazón de la tierra, no tuvo tiempo. Madre abandonó su casa, dispersó a la familia y se fue sin decir nada pues tomó en serio las palabras de padre, quien siempre le dijo: “Mercedes, cuando encuentre a su príncipe azul… váyase con él”. La noche de su ausencia pensamos que su distracción la llevó a fugarse del tiempo pero tras horas de desconcierto supimos que se había marchado con su profesor polaco. Madre dejó como prueba de su existencia, un cántaro estrecho sin asas con cuatro hoyos laterales que cuando ella entristecía creaba música. Ánfora andina que mantendría durante décadas hasta proyectarla hacia el futuro una vez que en el horizonte se presentó un mundo nuevo para mí.

A padre lo conocían como el juglar de Táchira, también era astrólogo pero de adivino nada, a pesar de que el firmamento noche tras noche vaticinaba el mal augurio. Padre perdió toda esperanza de recuperar a madre y enloqueció por falta de amor. Dejó de recitar poesía. Él fue el primero en ocupar una de las fosas cavadas por madre.

De repente la vida se eclipsó. Mi hermana Laura, Galletana y yo, debimos avanzar a solas como el caudal del río Orinoco a pesar de las apariencias y de las miradas indiferentes.

Para Laura, la exuberante, la desdicha parecía no perturbarla, ejerció sus encantos y engatusó a los militares de la zona. Ella fue la segunda en ocupar la fosa cavada por madre, una enfermedad venérea de súbito la devoró como a un personaje de Rómulo Gallegos.

Galletana, la soñadora, como era costumbre, fantaseaba con el regreso de madre y en cualquier oportunidad decía: “el tiempo del retorno de madre se aproxima”. Ella fue la tercera en ocupar la fosa cavada por madre; murió ahogada en su propio vómito. Aunque Galletana era más recatada que Laura, cedió a los escarceos del alcohol. No supe si fue por depresión o lo traía en los genes pues la abuela hasta a gatas iba por guarapo.

Estaba sola y en ese momento reflexioné que en ese cementerio familiar ya no quedaba sino la tierra sobre la tierra sepultando como lápida cuerpos dormidos, labios que ya no podrían decir ni una sola palabra. La vida, si existió aquí, había sido apenas un recuerdo.

Al cabo de los días, cedí a la galantería de un luchador social por necesidad más que por amor o ideología, pero con el tiempo lo amé. La dicha fue pasajera, una bala en una manifestación le reventó la frente. El hecho fue muy comentado en la prensa nacional. Llegó con vida al nosocomio pero los médicos se negaron a atenderlo pues había firmado la lista Tascón exigiendo la revocación del presidente. Él, entre mis brazos, agonizante, se vaciaba en sangre viva por cada uno de los poros. Lloré a mi muerto haciendo bramar el ánfora de barro. A él también se lo tragaba la tierra.

¿Se es o no se es? Me cuestioné una y otra vez hasta decidirme enarbolar la lucha de él que era también la causa de mi país.

Se vislumbra un escenario de deterioro, todo pronostica que la escasez de alimentos y medicamentos puede derivar en un estallido social.

Estudiante de Leyes de la UIC.

El día 12 de febrero a las 6:00 de la mañana, sindicalistas y motorizados pertenecientes a las UBCh en apoyo al gobierno, iniciaron la marcha desde “Paseo las Industrias” con detonaciones de cohetes. Nosotros, los congregados en el Bulevar de la Resistencia, nos manifestamos con proclamas antigubernamentales en contra de la inseguridad, la corrupción, el desabasto de alimentos y medicinas, mientras bloqueábamos las calles principales para atajar la marcha de los colectivos. La protesta continuó y los vecinos salían de sus hogares para apoyarnos con piedras en las manos, víveres y bebidas. Del lado contrario, miembros del Servicio Bolivariano de Inteligencia se hacían presentes sobre tanquetas con la intención de levantar la barricada, y para ahuyentar a los manifestantes, la autoridad realizaba disparos con armas automáticas sin distinción. Incluso disparaban a los edificios para amedrentar a sus moradores y así desalentar algún tipo de filmación. El sonido de las balas se escuchaba cortando el aire y la disonancia de la corredera y el griterío desencajado era apabullante.

Hubo detenciones ilegales, múltiples evidencias de tortura y persecución. A quienes les tocó vivir aquellas violaciones humanas, en las protestas contra del régimen, fueron reprimidos por la “Guardia Nacional Bolivariana”, quienes disparaban con perdigones y gases lacrimógenos a los manifestantes, incluso entraban a los edificios buscando a los manifestantes para detenerlos.

Patricia López, refugiada.

 A las 9:30 de la mañana regresé a casa para buscar un botiquín de primeros auxilios y volví para asistir a los manifestantes, había muchos heridos. Las ráfagas que desprendían un olor seco y duro persistían. De pronto, él cayó a mi lado. Era poco lo que podía hacer.

Empezaron las manifestaciones estudiantiles a las que se sumó la sociedad civil, después, iniciaron los asesinatos durante las protestas que ocurrían en las principales ciudades del país.

Miguel Alejandro Sánchez León, comerciante.

Al día siguiente consentí una entrevista televisiva para desmentir al presidente de la república, quien en cadena nacional afirmó: “francotiradores antagonistas al régimen, establecidos en las azoteas de los edificios, fueron quienes habían matado a los manifestantes en el Bulevar de la Resistencia”. Mi testimonio causó revuelo y el mismo día de los funerales llegaron periodistas que querían escuchar el testimonio de lo sucedido. Por eso llegaron a mi domicilio miembros del SEBIN, identificados con brazaletes ceñidos al brazo izquierdo con las siglas “4F”, quienes me sacaron a empellones y me subieron la camisa amarrándola en mi rostro. Sentí el frío metal que apuntalaba mis costillas, después una voz cavernosa como bufido de toro de lidia dispuesto a embestir dijo: “jodida escuálida, si continúas dando entrevistas, la próxima vez te florearé el culo con una macana”.

 El Estado no garantiza la seguridad para vivir en el país y si no te gusta dicen que te vayas. Los funcionarios del Estado no viven la realidad.

Damián Romero Nieto, jefe de familia.

No me intimidé ante las amenazas y proseguí dando entrevistas. El país se colapsaba ante los atropellos judiciales así que decidí fundar un grupo llamado “Escuálidos en contra la represión” que congregaba a miembros de diversas universidades y a víctimas del régimen. En poco tiempo constituimos una verdadera resistencia civil. El 18 de marzo convoqué a los medios para emitir un comunicado de prensa y llamar a la movilización, pues las arbitrariedades habían escalado hasta lo insoportable. Ahora las consignas serían en contra de las detenciones ilegales, la tortura y el asesinato. El día de la entrevista, la Guardia Nacional Bolivariana ya nos esperaba en la sede de la rueda de prensa, pero después de la entrevista los reporteros nos llevaron por una salida alterna. Al llegar a la Plaza Bolívar, nos percatamos de que una camioneta sin placas, mientras nos seguía, nos tomaba fotografías, por lo que decidí dispersarnos y vernos en mi domicilio. Fui la primera en llegar al punto de reunión y me postré en la ventana para avistar a los compañeros. Y así fueron llegando hasta que, contra esquina al edificio, se estacionó el mismo vehículo que previamente nos había seguido, y de él descendieron cuatro personas. Nos sentíamos protegidos dentro de la casa, pero faltaba por llegar Manuel, uno de los organizadores. Marqué a su aparato móvil, pero no respondió. Manuel llegó, lo abordaron los esbirros y lo encañonaron en el rostro. No opuso resistencia, lo montaron en el automóvil y se lo llevaron. No supimos durante semanas qué había pasado con él, hasta que su vecino nos llamó para decirnos que de su departamento emanaba un olor nauseabundo, fuimos a averiguar y lo encontramos ahorcado.

Si regresara al país, yo seguiría participando en el movimiento, porque no se puede ser indiferente.

Cecilio Rafael Acosta Díaz, restaurantero.

 Para abril, un grupo de motociclistas identificados como los “Tupamarus” arrojaron piedras a la casa de la periodista Viczelis Faudul, simpatizante del grupo y, en una de las piedras había una hoja con trazos amenazantes: “Los perseguiremos hasta matarlos, uno a uno, guarimberos de mierda”. En la hoja estaba mi retrato. Viczelis se asustó y me exigió que abandonara el país antes de que algo grave me pasara. Aprovechamos sus contactos en el exterior y ese mismo día, a mi pesar, salí del país. Mi mirada y mi voz quedaron desnudas y por mi desnudez pasó la vida posible en otro lugar. Tomé el ánfora y la rompí.

 Yo planifico salir esta semana, pero hay restricción de vuelo.

Gerardina Rafaela Espina Machado, maestra.

Todo está derrumbado, roto, y nada queda en pie, ni un sepulcro para mí. Ahora alcanzo a comprender por qué madre no cavó una cuarta fosa, no fue por falta de tiempo, sino ella sabía que yo era la única con un destino por completar.

Salí de mi país por la situación política y social que se vive. ¿Cómo podría vivir en donde se tienen que hacer colas por horas para comprar alimentos de primera necesidad?

José Gilberto Bello Romero, músico.

Imagen destacada: Sergio Álvarez

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Ivan Medina CastroIván Medina Castro , becario del Programa de Residencias Artísticas FONCA-CDMX y convocado por el Departamento de Literatura de la Universidad de Caldas como ponente. Convocado por la Universidad Northeastern de Illinois para la lectura del libro de cuentos “En cualquier lugar fuera de este mundo” Ed. Conaculta, colección El Guardagujas.